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Un Avatar es un Maestro. Tradicionalmente lo asociamos con una presencia no encarnada en este plano físico, muy lejana a nuestra realidad y posibilidades. Es una manifestación corporal de una deidad, la encarnación de un dios, un espíritu que ocupa un cuerpo terrenal, una manifestación divina en la tierra. Dado que proyectamos esta cualidad en otros, olvidamos que es nuestra esencia. Somos divinidad encarnada en un cuerpo físico. Es algo natural; es nuestra configuración / constitución original. Nos separamos de esta verdad y esta disociación creó una línea de tiempo de sufrimiento, soledad, dolor, confusión y desempoderamiento. Solo nos conectábamos con esa esencia divina a través de alguna película o libro que encendía ese recuerdo y se volvía a apagar al terminar la historia. Eso que la sociedad contemporánea denomina ciencia ficción es más real de lo que suponemos. Es una forma que tiene la conciencia de recordarnos de manera creativa que tenemos un gran potencial inexplorado a nuestro alcance en el momento en que decidimos abrirnos a él.

Un Maestro es alguien que recordó su esencia energética y que usa ese poder innato para apoyar la evolución de la humanidad. Principalmente lo define el Amor que despliega en cada una de sus acciones. A veces esa frecuencia se expresa de manera firme, a veces compasiva. Habilita su poder tanto para desarmar una programación (conducta egóica) con vehemencia como para activar códigos de luz instantáneamente.

El principal don de un Maestro es su amor por la humanidad. Todo lo que vivió en su propio camino hacia la libertad / Unidad lo capitaliza para que otros no tengan que adentrarse en los mismos pantanos. Comparte atajos energéticos, simplifica procesos, abre caminos, muestra las posibilidades más elevadas y cataliza la unificación de conciencia para diluir la fragmentación interna.

Desde el egoísmo (falsos guías) nuestros aspectos inconscientes pueden querer que alguien experimente la misma complejidad que nosotros así entiende lo que transitamos y le da valor a la conciencia. El ego siempre busca revancha y alimentar su victimismo. Un Maestro obra con amor. Da todo de sí para catalizar la ascensión planetaria.

Un Maestro no se guarda nada. Comparte todo lo que tiene a disposición y se brinda a su Comunidad. No usa su sabiduría o conocimientos para sacar ventaja o tener dominio sobre otros Seres. Solo el ego piensa de esa manera estratégica. Un Maestro entiende que cuando ilumina a su entorno, se ilumina a sí mismo. Comprende el Principio de Unidad.

Alguien completo en sí mismo no pide o reclama. Vive en abundancia y la comparte abiertamente. No se enfoca en la opinión colectiva, en los consensos o en cómo otros interpretan sus palabras y acciones. Obra con integridad y transparencia. Todo está a la vista. No tiene una agenda oculta o dobles intenciones. No brinda servicio pensando en el dinero como su motivación exclusiva o como el principal motor de sus acciones. Al mismo tiempo, sabe recibir y valorar su energía. Se ha reconciliado con la abundancia y el amor en todas sus expresiones.

Todos somos Maestros pero lo habíamos olvidado.

Un Maestro resuelve todo en momento presente. No espera, dilata o evade. Conoce el valor de cada intercambio y aprovecha las infinitas oportunidades que se revelan en cada momento. Cada instante de vida es un universo de posibilidades que se despliegan cuando nos sumergimos en esa experiencia.

Un Maestro no se avergüenza de su esencia. Sale a la Luz. La encarna con respeto y reverencia. Porta la simpleza de los grandes; aquellos que saben que son la conciencia universal y que su mundo no tiene límites. Sabe que para atravesar su Portal de Unificación tiene que expresar gratitud hacia todos los Seres y, principalmente, hacia sus Maestros (físicos / etéricos). No podemos elevarnos si no reconocemos a quienes nos abrieron el camino. Esta apreciación no responde a la necesidad de esos Maestros; quien necesita abrir esa frecuencia de gratitud es quien quiere unificarse. Ningún Maestro necesita aval; solo quienes quieren alimentar su ego buscan seguidores, admiradores, estudiantes y discípulos. Un Avatar se nutre de conciencia, no de halagos o adulaciones. Al mismo tiempo, recibe abiertamente el reconocimiento genuino de quienes aprecian su Luz porque también encontraron la propia.

Un Maestro vive en Unidad y reconoce que todos esos aspectos que proyectó en otros eran fractales de su propia conciencia. Puede apreciar a todos porque pudo integrar todas sus partes. El más alto ideal de un Maestro es la Comunidad de Luz. Esa es su visión, su camino y su destino. Es la Frecuencia que habilita para abrir vías más rápidas para la materialización de esa realidad colectiva. Sabe que la suma de Comunidades iluminadas da como resultado una Humanidad Iluminada.

Un Maestro terminó su búsqueda. Llegó al Encuentro. Destina su existencia a catalizar este recuerdo en otros porque sueña con una humanidad despierta y dedica su vida a materializar esta visión. Nada lo detiene. Su luz es arrolladora.

 

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